Miguel Delibes

Mar.12, 2010 | Libros | 0 comentarios

por Diego Rguez.

Pocas veces me ha ocurrido. Dos, que recuerde. Ha muerto Miguel Delibes y esta mañana no he podido contener las lágrimas. Nunca le conocí, pero siempre sentí por él una especie de orgullo familiar indescriptible.

Se ha ido uno de los grandes. Puede que el que más. Se ha ido alguien que elevó el costumbrismo castellano al nivel de arte. Nadie supo retratar con tanta transparencia la vida del campo, su dureza y dificultades, sus sinsabores y también sus satisfacciones, que siempre alguna se colaba por un mínimo resquicio. Tantas y tantas sensaciones que él dibujó con palabras (también con palabras), que él nos legó como una obra de valor incalculable. Las ciudades se comen a los pueblos, el campo muere con sus habitantes. Su léxico se difumina pero deja su rastro en cada una de las obras del maestro.

A sus 89 años, Delibes ya había traspasado hace tiempo el umbral de la mitología de las letras (se me hace raro escribir en pasado). El Hereje (1998), su última novela, olió a despedida, a punto y final de una obra que navega entre la literatura y el periodismo, que presume de fidelidad a la realidad y de ella se sirve para secuestrar al lector. Ahora, con su muerte, el escritor accede directamente a un olimpo de privilegiados que en pocos años se estudiarán como los clásicos del castellano. Aunque a algunos, sus títulos ya nos han acompañado en nuestros libros de texto.

Ha muerto Miguel Delibes, pero algo de él, buena parte de él, permanece en sus creaciones.

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