The Good Heart
Jun.27, 2010 | Cine | 0 comentarios
por Layla
Puede que, teóricamente, todo lo comprendido en el mapa desde Islandia hasta Turquía sea Europa, pero es incuestionable que la indiosincrasia de individuos distanciados por miles de kilómetros no tiene nada que ver. Y diréis ¿y todo esto a qué viene? Pues a que, el primer sabor de boca que me deja “The Good Heart” es el sabor de la extrañeza. Los personajes, la historia, la narración…todo es extraño. Eso sí, un sabor extraño delicioso. Y puestos a teorizar, me da por pensar que se debe a que el director de la cinta, Dagur Kári, es islandés. Y ser islandés tiene que marcar mucho.
Teorías aparte, “The Good Heart” es la historia de dos personajes fracasados que se encuentran casualmente en un hospital, obligados a compartir habitación durante sus convalecencias. El joven, Lucas, de un intento de suicidio. El mayor, Jacques, de su quinto infarto. Lucas es un sin techo con algunos problemillas mentales. Callado, amable, ingenuo, bondadoso y tierno. Jacques es el propietario de un bar decadente y sucio. Misógino, iracundo, maniático, desagradable e insoportable. Son tan distintos como el día y la noche. Al salir del hospital, Jacques decide coger a Lucas de aprendiz, para que, cuando él falte (y a falta de amigos y familiares), se haga cargo del bar y todo continúe siendo igual.

La relación que se establece entre ellos es curiosa e interesante. Los dos actores, Paul Dano (Lucas) y Brian Cox (Jacques) bordan sus papeles. Y hay escenas memorables como una en la que Jacques asegura que, si un pedo fuese algo material, se parecería mucho a un trozo de brócoli. Existe gran complicidad entre los dos y, como es de esperar, debido al roce y a los acontecimientos vividos, cada uno de los personajes se va impregnando del carácter del otro. Cambiándose los papeles.
Ocurren cosas extrañas (sí, seguramente, Islandia tiene la culpa) que no están muy justificadas en el guión. Como la aparición de April, una joven azafata de vuelo, cuya presencia sólo parece razonable porque su llegada crea un conflicto entre los protagonistas. Pero que aparece y desaparece sin que nadie se preocupe mucho por los motivos. Sólo le falta el paraguas y sería una especie de Mary Poppins, que, cumplida su función, desaparece de plano.

Y, escena tras escena, observando el comportamiento, la convivencia y la evolución entre los dos personajes, llega un momento en que no sabes muy bien a dónde quiere ir a parar el director. Y sí, al final quiere ir a un lugar muy concreto y a un final bien cerrado, pero que, quizá, podría cerrar un poquito antes. Lentitud islandesa.
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